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La mano de Washington, detras del derrumbe del precio del petroleo

La mano de Washington, detrás del derrumbe del precio del petróleo


¿Estados Unidos acabó con la OPEP?
La caída del precio del petróleo desde que Arabia Saudita decidió el año pasado no bajar la producción para contrarrestar un aumento de la oferta en otras partes del mundo genera fuertes especulaciones sobre el ocaso del cartel, en otro tiempo temido por su poder para manejar los precios del crudo a su antojo.
La OPEP, el mayor productor de petróleo, ¿no quiso o simplemente no pudo detener la superabundancia de crudo? ¿Esto significa que el petróleo nunca más va a alcanzar los u$s 100 el barril, monto en que los gobiernos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo necesitan que esté?
Lo que falta en la discusión es entender cómo el mercado del crudo llegó a este punto y, especialmente, qué lo ha traído hasta aquí.
La respuesta es sorprendente. Fue Estados Unidos, básicamente. El año pasado, EE.UU. produjo más crudo que en los 25 años anteriores, superando a Arabia Saudita como principal productor mundial.
Todo empezó con Nixon
Quizás lo más interesante de esta historia es que uno de los principales jugadores esta revolución sea el gobierno estadounidense.
Temiendo una escasez generalizada de energía, a la sombra del embargo impuesto por los productores árabes de crudo, el gobierno de Nixon y el Congreso sentaron las bases de una política activa que en el lapso de 40 años desarrolló las tecnologías necesarias para proveer de shale oil y gas natural a los mercados internacionales.
Muchos han subrayado que el embargo petrolero que la OPEP dispuso en 1973 debilitó su control del mercado del crudo, ya que alentó la provisión de fuera de la organización, de lugares como Prudhoe Bay en Alaska, que entró al mercado a través de un oleoducto aprobado por el Congreso apenas semanas después del embargo. El embargo también impulsó el desarrollo de la energía nuclear y de la de carbón. Hizo que el Congreso aprobase normas de ahorro de combustible.
En cambio, poco se dijo del papel que desempeñó el gobierno de Estados Unidos en el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas. Mirado como un precedente, esto podría ser el modelo para un rol del Estado en el apoyo a la investigación y actividades encaminadas a reducir las emisiones de carbono.
“Si alguna enseñanza se puede extraer de la revolución del shale, es que las inversiones públicas en innovación tecnológica podrían (si se orientaran a combatir el cambio climático) producir un enorme beneficio tanto para la economía como para el medioambiente”, dijo Michael Shellenberger, presidente del Breakthrough Institute, un grupo de defensa del desarrollo sustentable de Oakland, California. El Breakthrough Institute ha realizado la investigación más exhaustiva que he visto de cómo tres décadas de subsidios oficiales para investigación, pruebas y producción ayudaron a generar la revolución”.
Nace el fracking
El interés en los depósitos de shale surgió a partir de una búsqueda de gas, no de petróleo.
Pero el embargo petrolero les dio un fuerte impulso. El Congreso aprobó la Ley de Reorganización de la Energía en 1974, que creó la Administración de Investigación y Desarrollo de Energía, la cual pronto se convertiría en el Departamento de Energía.
Esto dio inicio a un período de fuertes inversiones públicas en investigación y desarrollo para recuperar gas a partir del shale. La agencia suministró fondos para la perforación “direccionalmente desviada”, precursora de la perforación horizontal utilizada hoy. Subsidió el desarrollo de diamantes policristalinos compactos para perforar el shale. Hizo la primera fracturación hidráulica de importancia. Los laboratorios del Departamento de Energía crearon un centro de ensayos de fracking multipozo.
Las investigaciones del Laboratorio Nacional de Sandia en imágenes subterráneas –basadas en el monitoreo macrosísmico antes utilizado para detectar derrumbes en minas de carbón– fueron fundamentales para mapear fracturas y ubicar pozos.
George Mitchell, pionero de la fracturación de shale, recibió ayuda del gobierno, incluso en la utilización de un pozo horizontal y mapeo macrosísmico.
El gobierno no siempre hizo las cosas bien. De hecho, la investigación sobre fracking inicialmente estuvo en un segundo plano frente a los esfuerzos para producir “combustibles sintéticos” a partir de, por ejemplo, “esquistos bituminosos”, los cuales, hasta ahora, poco han aportado en términos de energía barata.
El gobierno también pudo intervenir. La regulación de precios fue una barrera importante para la inversión en depósitos de gas “no convencional” hasta que fue eliminada durante la gestión de Reagan.
Público y privado
Obviamente, la ayuda gubernamental tal vez no habría servido de nada sin los empresarios privados que asumieron riesgos y siguieron las señales del mercado. El fracking quedó reservado sobre todo para el gas hasta que los precios de éste comenzaron a caer pocos años atrás, lo que volcó los esfuerzos de los productores hacia el petróleo, que podía ser explotado mediante tecnologías similares.
Pero aun con el importante papel desempeñado por el sector privado, Washington jugó un papel fundamental en la historia que culminó con el reciente derrumbe del precio del petróleo.
Según Jim Hamilton, un economista especializado en energía de la Universidad de California, en San Diego, la renta real del mundo aumentó en un 28% de 2005 a 2013. Para mantener estables los precios del petróleo, la oferta tendría que haber crecido en más de un 19%. Pero la producción de los yacimientos petrolíferos subió apenas un 3,1%.
La oferta se mantuvo ilmitada, en parte, debido a acontecimientos imprevistos: guerras en Medio Oriente, ataques a instalaciones petroleras en Nigeria, sanciones a Irán. Pero los grandes productores de la OPEP, como Arabia Saudita, tampoco aumentaron la producción.
Con excepción de una mejora transitoria tras la crisis financiera de 2008, lo que sostuvo el aumento de los precios del crudo durante más de diez años fue la decisión del cartel de limitar la producción.
Lo que pulverizó el acuerdo fue el shale oil estadounidense.
Para 2013, EE.UU. ya producía 3,5 M/b de shale. Esa oferta nueva de petróleo proveniente de EE.UU hizo que los precios altos simplemente no pudieran sostenerse.
“Los sauditas no podían defender un barril a u$s 100”, dijo el profesor Hamilton. “Era una estrategia condenada al fracaso”.
El precio de u$s 45 el barril no presagia un gran futuro para el shale estadounidense, que es comparativamente caro de producir. Si disminuye la inversión en nueva producción de shale, es probable que los precios del petróleo se recuperen.
Pero aún si algunos productores de shale son expulsados del negocio, ese sector –que puede aumentar o bajar la producción más rápido en respuesta a las señales de los precios– aún podría generar un cambio positivo, poniendo un techo a los precios del crudo más cercano a los cincuenta dólares el barril que a los cien que desea la OPEP.
“Es probable que no veamos el barril a u$s 100 por un tiempo”, señaló Jeff Colgan, politólogo de Brown University que estudia la evolución del petróleo a nivel mundial. “El fracking le pone un techo al precio”.

Los cambios en el precio del petróleo también ofrecen una oportunidad. "Reducir nuestra fuerte dependencia del petróleo nos exigirá pagar las inmensas ganancias de nuestras inversiones en esquistos, a través de un esfuerzo a plazo prolongado para acelerar la transición a los vehículos eléctricos o de algún otro tipo", dijo Shellenberger.
Muchos republicanos advierten que el petróleo barato crea la oportunidad de elevar los impuestos a las naftas sin enojar a los votantes, produciendo recursos que el Estado podría usar para desarrollar propuestas que ayuden a resolver el problema ambiental. (La Nación, buenos Aires, Clarín, Buenos Aires)